LITERATURA 2.0

 Si en la segunda mitad del siglo XX Carlos Barral clavó una pica en el mundo editorial y literario (ojo, no es lo mismo), estos últimos años del siglo XXI han puesto una atalaya sobre aquella hazaña. Si bien es cierto que el conocido como «boom latinoamericano» no goza de tener el término más fiel a la realidad de la literatura de entonces, sí que hay una verdadera explosión a nivel global ahora. Explosión que no es indivisible del sector editorial, pero sí de la tecnología.

 Internet no solo ha revolucionado nuestros hábitos de consumo, nuestro ocio, nuestra vida pública, privada e íntima; los poderes fácticos duermen con un ojo abierto, las empresas sudan analíticas de medios sociales y los usuarios se organizan para conseguir fines colectivos. Todo muy individualizado, cuidado, que es lo que marca la economía. Más allá de todas estas obviedades, Internet ha marcado un punto de inflexión en la creatividad.

 No es que antes no la hubiera, es solo que estaba aislada. La información fluye, el conocimiento se comparte, se moldea, se independiza, se transforma y se vuelve a compartir. En el siglo XII debías pertenecer a la Iglesia para acceder a Aristóteles de manera fidedigna (y aun así); en 2014, puedes realizar tus propias comparativas de los trabajos de autores de cuarta y quinta fila de épocas distintas y cuyas obras fueron prohibidas, quemadas o descatalogadas. Hay tal corriente de influencias que basta acariciar la superficie con la mano para manchársela de ingenio (siempre es aconsejable usar un tamiz para no perder la vida entera navegando).

 Un blog de un periodista, sus columnas en un medio, sus artículos en otro soporte profesional; un aficionado a Picasso que escribe microrrelatos inspirados en su etapa azul; una cuenta de Twitter dedicada al día a día de nuestra Guerra Civil; grupos de Facebook sobre las innovaciones de los medios sociales que enlazan a un estudio que enlaza a otra red social que enlaza a un artículo de un blog. Hay tantos ejemplos de cómo Internet comunica, influye y anima a crear, que una ardilla podría cruzar el planeta saltando entre hipervínculos.

 La creación literaria no es menos: más allá del filtro de las editoriales, la literatura se expande sin control (como debe ser) por las redes, a disposición de los usuarios que buscan algo distinto e interactuar con el escritor más allá de escribirle cartas al periódico o a su representante. Escribir, escribir, escribir. Sea bueno o sea malo, esté bien escrito o no, que se publique o no en papel, eso es decisión del lector. Me atrevo a decir que el siguiente paso (si no se está haciendo ya) consistirá en crear una obra literaria con la participación de los lectores: no me refiero a una obra colectiva, sino a que un autor desarrolle personajes, cree situaciones y consolide una historia gracias al debate con los usuarios.

 Cada letra escrita con intención de ser literatura es un martillazo al Olimpo de corporaciones editoriales, autores encumbrados y las maquinarias de alrededor, del mismo modo que lo es una compra o una reclamación a una tienda cualquiera que no haya entendido el cambio de paradigma en el que nos encontramos.

 

Alfonso Larrea

@alarreag