LA LARGA VIDA DE LAS NOVELAS

  Imagen: LearningLark (CC BY 2.0).

Imagen: LearningLark (CC BY 2.0).

no, si yo no

sí, tú sí

que no, de verdad

a ver, ¿por qué dices que la novela morirá pronto?

porque lo sé

 

Lo que lees arriba es una indiscreción. Algo exclusivo de la mente del autor de novelas; un diálogo obvio y escalofriante sin rayas ―no hacen falta rayas en las cabezas de los escritores―.

  El escritor concibe su obra sin saber si esta morirá antes del último punto. Debe ser duro gestar una idea durante meses o años, y que ni siquiera llore un poquito. Clínicamente se llama mortinato: cuando ocurre, el fuego, la papelera o los confines de un disco duro son el punto final. En cambio, si la obra es terminada, surgen las dudas. Esa incertidumbre del novelista no se debe a la calidad, ni a la crítica, ni a los premios, ni a sí mismo. Sabe, desde el principio en su cabeza, que su novela morirá, pero desconoce cómo.

  Durante el tiempo que la obra, ya acabada, vive en un cajón, la muerte no puede rozarla. Hay un orden, una paz, acaso la visita del escritor (no recomendable). Todo es tranquilo y alejado. Pero si el responsable de que tengamos una novela más en el mundo ya tiene editorial o consigue que una se interese por su libro, la cosa cambia. Hay muertes súbitas que llegan en correos de rechazo o muertes violentas al reescribir la historia. En ambas se pierden muchas palabras, y es insoportable. Podría pensarse que lo mejor es hacer novelas y que se hagan compañía en el cajón.

  Si pasa el tiempo y el libro sobrevive a esa etapa en la que una opinión mal dada puede provocar el filicidio, y el editor tiene clara su intención de publicarlo, se firma una tregua ―No hay nada tan paciente como la muerte. Toca entonces crear un plan de futuro: notas de prensa, entrevistas, presentación, puntos de venta, casetas, festivales, reseñas. Nacer y crecer. Mediante la traducción, la novela tiene la oportunidad de vivir otras vidas en otros mundos; reproducirse. Pero sabe, como sabe el escritor, que las distintas ediciones de sí misma no servirán contra lo inevitable.

  La muerte definitiva de la novela atraviesa senderos más cotidianos que una mala teoría: caen por su propio peso (¿soporta el lector del siglo XXI novelas de mil páginas?); se mueren de frío (el frío de las bibliotecas públicas); emparedadas (en expositores de estaciones de autobuses); sobredosis (premios amañados); ambiciones cainitas (el escritor publica una nueva obra), etcétera. De todas ellas, la más habitual es el abandono de quienes la pusieron ahí: no hay nada tan impaciente como una promoción editorial. Por suerte, tenemos la tecnología.

  Los medios sociales ―que, como los libros, no matan si no se usan para matar― son el nuevo mundo donde el lector transita, piensa y elige. Ese usuario no sabe que existe una novela que le cambiará la vida hasta que la lee y se la cambia, y entonces esa obra se salva. Solo depende de su curiosidad, es decir, de que despierten su curiosidad. Y aunque estos encuentros suceden cuando las promociones literarias cumplen su objetivo, lo más normal es que la novela muera pronto.

 

Alfonso Larrea

@alarreag