SOBRE EL CANON LITERARIO

 Imagen: Hernán Piñera (licencia CC BY-SA 2.0)

Imagen: Hernán Piñera (licencia CC BY-SA 2.0)

Hay grandes palabras que no terminan de encajar en las categorías que creamos para ellas, como el concepto de libertad, que puede ser un derecho civil, un modo de pensar o un voto; o la política, que se entiende como referendos, debates o acciones cotidianas que todos hacemos.

 

La literatura es una de esas grandes palabras. Podemos pensar que la literatura, por su existencia física, se ha de ajustar mejor a una explicación por casillas, y así se ha entendido durante mucho tiempo (extensión; género; época, etc.). De cuando en cuando, surgen grandes escritores que, no sé sabe bien cómo, trascienden (más aún) todo eso. El hombre racional, que no puede dejar margen de error al contar la lluvia, necesita catalogar también a estos seres, y crea un canon.

 

El canon ejemplifica el arte de una cultura a través de autores y obras. En ese sentido, tiene una gran carga pedagógica, y en el fondo ese es el objetivo: cultivar. ¿Qué sería de los libros de texto sin estos catálogos? ¿Quién en su sano juicio expondría sin ton ni son una lista innúmera de señores y lo daría a estudiar a los alumnos? El canon debe ser elitista, y por eso mismo, censor; y por eso mismo, fragmentario. Un canonista no debe salir de la vereda de oro que otros han abierto en el campo para él. Se puede decir sin generar mucho escándalo que más de uno se sentiría ofendido por solo mirar la hierba que rodea el camino.

 

Parece que el canon es otra de esas grandes palabras, porque no hay un modo único donde hablar de ella y explicarla. O quizá, aunque sea un quizá pequeño, el canon y cualquier otro modo de aprender, comprender y transmitir la realidad en cajas desconectadas entre sí sea un error. Que tal vez lo importante es leer a los clásicos o a los universales o a los contemporáneos porque te apetece, y no por deber. A lo mejor, una escritora olvidada te aporta más que un escritor canonizado, o te enseña y divierte más un autor de la llamada cuarta fila, o un usuario de redes sociales difunde su primer libro, te pica la curiosidad y resulta que te encanta, y descubres que el único canon válido para ti es el que creas tú leyendo. Qué disparate, ¿eh?

 

Alfonso Larrea