Un monstruo en Barcelona

 
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El alma de Barcelona, lo que hace que cada rincón sea un lugar precioso para caer apuñalado, es la humedad del Mediterráneo (la brisa arrastra un aliento de muerte que enmohece los edificios). Esa herida abierta de la ciudad que es la costa lo inunda todo al llegar la noche, justo cuando el sol ya no está para amparar los taquígrafos y el alumbrado público no ha despertado. En ese momento de azul y contrabando llegamos a la Biblioteca Pública Jaume Fuster, uno de los espacios de la nueva edición de Barcelona Negra. Alrededor hay el mismo cemento que en otras ciudades, la misma arena muerta bajo los columpios, pero un zumbido de insectos nos pone en aviso de que algo traman todos esos figurantes.

      Entramos. Radio Nacional ha puesto pica y micrófonos en el centro de la sala, y en torno a ella recorremos pasillos, cruzamos puertas: biblioteca infantil de niños cogiendo hábito; salón de lectura con butacas, creemos, cómodas; espacios con seguridad, información, algún pequeño desconcierto. Tomamos las primeras notas y dibujos para esta crónica en la cafetería, con un cortado. Hay escritores en algunas mesas: firman libros, responden preguntas… Nada que desentone en estos días donde la ciudad es —¿más?— faro literario del género negro. Reconocemos a Pere Cervantes, autor de Golpes —Alrevés, 2018—, hablando cerca de la máquina de préstamos; a Maribel Medina, autora de Sangre en la hierba —Maeva, 2019— y directora del festival Almoradiel Lee, en plena entrevista, infusión mediante; a Carlos Zanón, el hombre del que todo el mundo habla, autor de Taxi —Salamandra, 2017—, director del festival que nos ocupa y escritor del nuevo viaje de Pepe Carvalho, Problemas de identidad —Planeta, 2019; proyecto arriesgado con título acertadísimo—. Periodistas de paisano, borrachos sacados de hora, indigentes usando los aseos y aficionados varios se mezclan con estos y otros autores, con estudiantes tomando cañas y con lectores refugiados en las estanterías más apartadas del hervidero central, aunque ninguna puerta de cristal ni ningún cartel de silencio los salvarán del ruido.

 

(Entra DAVID LLORENTE en cinco, cuatro, tres…)

 

RITUAL IRRESISTIBLE DE SILENCIO

      David LlorenteMadrid:frontera (Alrevés, 2016, premio Dashiell Hammett); La luna cangrejo, Black&Noir, 2018-19— llega a la plaza de Lesseps con un abrigo propio de otras latitudes. Saluda, abraza, sonríe, baja hasta el auditorio. Esta mañana han revisado la acústica, los espacios y la iluminación; ahora el personal del evento nos lleva hasta el lugar más idóneo para la preparación de los actores. «Deberían estar ya aquí», barrunta Llorente, cuya obra Gregor Samsa, ejemplo exclusivo en el festival de que el género negro tiene aún muchos espacios en los que adentrarse, no es sino una de las piezas que construyen su carrera como dramaturgo, paralela a la de novelista; su representación, junto con obras publicadas como Roja Caperucita o Los cisnes de Chernóbil —Antígona, 2015 y 2017—, anuncia la llegada a España de esta cara de la moneda tras un largo recorrido por el continente.

      Durante el evento que precede a la función (por improvisadas bambalinas pasan a desear suerte Pere Cervantes, Maribel Medina, Graziella Moreno, etcétera), llegan las caras reconocibles, los verbos hechos carne: los actores Sherezade Atiénzar y Ramón Nausía. Aplausos y preguntas se oyen al otro lado de la puerta que separa una mesa redonda sobre Lisbeth Salander de nosotros, que asistimos al ritual de los comediantes (Ramón necesita ayuda para transformarse; por todo el pasillo se oye el mantra, el trino y la escala de Sherezade al calentar la voz). David, recién entrevistado para una televisión local —«El público de teatro es muy sensible»—, dice:

—Necesitamos un plátano.

Resuelvo:

—Hay una frutería aquí al lado.

—Vamos.

 

(Los momentos de respiro cuando ya no son necesarios, cuando la tensión vivida es una repetición actualizada, propician interesantes conversaciones. De toda su obra dramática, LLORENTE eligió Gregor Samsa por su oscuridad. «Es la más negra de todas». Hablamos de la diferencia de la obra al representarse en un auditorio y no en un teatro, de su paso por Madrid dos meses en cartel en la Sala Intemperie, con entradas agotadas y los siguientes destinos y proyectos).

 

 
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(Concluida la mesa redonda, últimos detalles: cámara conectada, música lista, escenografía preparada. Entra RESEÑA en tres, dos, uno…).

 

      Una colonia murmurante de espectadores entra en la sala y ocupa los asientos. Hay una preciosa conexión con el zumbido ambiental que abre paso a la obra y esos focos azules como las ciudades portuarias cuando el sol ya no ampara los taquígrafos. Cuando el escenario queda completamente a oscuras, aparece el silencio, el irresistible y paralizante silencio que se cuela en la boca del público al comienzo de la obra mediante el humor, y que poco a poco se espesa; se hace patente que un calor insoportable se está concentrando, no en el escenario, no, donde el Monstruo es una caverna que vomita precaución y lástima, y Misa el brillo de una cuchilla que se mueve a cámara lenta, sino en el patio de butacas, a un metro de la escenografía de hueso y las voces aprensivas, en el mismo suelo donde un alquitrán tiene a todo el público atrapado por los tobillos, mientras las risas iniciales se han derretido en las bocas como de ictus, masticando (despacio, muy despacio) el silencio irresistible, la tos incómoda, el sudor brillante que refleja las palabras de Misa —«¿Cómo te gustaría suicidarte?»—, el tenebroso poliedro que gira y gira sobre el escenario y que proyecta dedos acusadores a cada persona allí encerrada, mira, mira, ¿no te reconoces? Porque eres tú, porque somos nosotros, porque Gregor Samsa ha cogido por sorpresa a un público que puede no ser público de teatro, que no sabía qué esperar pero esperaba otra cosa y no este boquete picado a mano, palabra a palabra, justamente ahí, donde el diafragma; y porque las risas se callaron hace mucho tiempo —¿cuánto dura esto por dios?— y porque algunos espectadores se han levantado y han salido de la sala, el aire se comprime más y más; algún crítico podría pensar que la obra no es precisamente género negro —pues claro que no— porque, en realidad, la obra representa todos los géneros, porque va a la raíz de todas las relaciones —la lucha por el poder, el control del otro, la naturaleza social del ser humano como campo de batalla, el sometimiento del otro porque no hay nada que represente más el poder que condicionar al semejante para que deje de parecerse a ti, porque tú estás por encima de él—; y porque las risas hace años que no se escuchan en aquel edificio y porque Barcelona en ese rincón es la piedra más negra que se ha visto nunca perderse en el fondo de un río, el Monstruo cae al suelo como tú estás cayéndote hasta tus entrañas, donde no haces pie, donde todo lo que te construye socialmente ni importa ni te protege, donde solo estás tú viendo una actuación impecable de dos actores, con el autor al fondo de la sala vigilándote, rodeado de gente que no sabrías bien decir si son seres vivos o maniquíes de lo paralizados que están, que estás, que estáis todos.

 

(Cuando se apagan las luces, hay dos segundos en los que la noche que nos espera ahí fuera parece artificial: alguien al fondo abre la veda del aplauso y es una adrenalina que recupera de la sobredosis. Reverencia, agradecimiento al autor, mutis).

 

      Han desaparecido el vestuario y el maquillaje. El autor y los actores están satisfechos con la función. Horas después, a modo de celebración y crónica, llegan las primeras impresiones a los teléfonos. Barcelona Negra seguirá mañana. Lo demás es literatura.

 

TELÓN

 
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